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Dice
la leyenda que el rey moro Muley Albuceil obligó a oficiar misa
a un sacerdote que tenía prisionero. Para ello, y movido por la
curiosidad de descubrir qué misterio ocultaba el sacrificio de
la misa, mandó traer prácticamente todo lo necesario para su celebración.
El
sacerdote no se opuso, pero cuando comenzó, le fue imposible articular
palabra. Muley preguntó el motivo, y el sacerdote le contestó
que no podía continuar porque faltaba la santa Cruz; en ese momento,
dos ángeles bajaron del cielo con una cruz patriarcal de cuatro
brazos.
Ante
tal prodigio, el rey moro se convirtió al cristianismo, y la imagen
de esta cruz patriarcal fue motivo de un fervor popular y una
veneración tal, que pronto llegó a convertirse en símbolo de auténtico
poder talismánico.
Como
amuleto su virtud principal es la protección, ya que sintoniza
con la providencia divina. La cruz, que suele ir acompañada de
un librito de oraciones, protege del mal en un amplio sentido:
peligros, adversidad, enfermedades o malas energías. Aunque también
hay que tener en cuenta que su poder depende, en buena medida,
de la fe que en ella deposite la persona que la lleva.
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