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Nemec,
era apenas un muchacho, pero ya había demostrado en muchas ocasiones,
ser el mejor y más hábil cazador de su tribu, así que fue designado
para ir a buscar las plumas de ñandú que debían adornar los penachos
de los jefes tribales, según mandaba la más antigua tradición.
Nemec,
jamás había visto a "Manic", el ñandú, y escuchó
atentamente los consejos de su padre y la descripción que de tan
bello animal, le hacían los ancianos de la tribu.
- Tienes que saber
que "Manic", es el más rápido en la carrera, le dijo uno.
- "Manic", nunca
descuida su vigilancia. Será muy difícil que puedas acercarte
a él sin que te descubra, dijo otro.
- La huella de
"Manic", es como la de un ave, pero mucho más grande, dijo un
tercero.
Nemec,
agradeció los consejos y se alejó hacia el Sur, decidido a encontrar
a Manic y a cumplir lo que la tribu le había encomendado.
Caminó durante muchos días, hasta que al fin, una mañana divisó
al ñandú, y se detuvo cauteloso.
Manic,
no se parecía en nada a ningún otro animal. Tenía unas largas
y finas patas que no parecían destinadas a soportar un cuerpo
de tal envergadura. Su larguísimo cuello, sostenía una pequeña
cabeza que giraba continuamente en actitud vigilante, pero lo
que realmente impresionaba de Manic, era su plumaje.
Una capa espesa
de largas plumas que el viento movía a su antojo, y que ondulaban
suavemente a cada paso del animal, produciendo la impresión de
que el ñandú flotaba en el aire.
Nemec,
absorto en la contemplación del animal, pisó unas ramas secas
y al momento Manic lo descubrió y empezó a correr
velozmente en dirección al sur, perseguido por Nemec,
que más que nunca, deseaba cazarlo. Durante muchos días el joven
persiguió al ñandú.
Cuando llegaba la noche,
se detenía a descansar, pero al amanecer del día siguiente volvía
tras las huellas de Manic y no tardaba en dar con
él. Un atardecer, Nemec consiguió acercarse lo suficiente como
para arrojar su lanza contra el ñandú, pero éste,
siempre atento, lo vio, y asustado empezó una veloz carrera.
Nemec, no quería perderlo de vista y corrió también
tan rápido como pudo. Se acercaba a Manic, ya casi
podía tocarlo, un esfuerzo más y...
Manic,
el ñandú, desplegó sus alas y comenzó a volar, siempre
hacia el sur, alejándose del cazador. Asombrado, el muchacho vio
como se elevaba por el aire, alto, alto, cada vez más alto, hasta
que lo perdió de vista en la tenue luz del atardecer. De pronto,
en el mismo punto en que el ñandú había desaparecido
de su vista, surgieron cuatro estrellas en forma de cruz.
Una ocupaba el lugar de la cabeza, dos marcaban las puntas
de las alas, y la última el final de sus patas. Nemec
pasó toda la noche contemplando el cielo, mientras pensaba en
la belleza del animal que se le había escapado para siempre.
Cuando el amanecer
escondió las estrellas, emprendió el camino de regreso a su casa,
contento por no haber cazado a Manic.
Por primera vez,
la tribu le vio llegar con las manos vacías, pero Nemec,
traía un nuevo brillo en los ojos y una hermosa experiencia que
contar.
Aquella misma noche,
alrededor de la fogata, relató el cazador todo cuanto le había
pasado en aquella aventura, y cuando al fin la oscuridad fue total,
Nemec mostró a sus amigos las nuevas estrellas
que adornaban el cielo, indicando para siempre la dirección hacia
la que Manic, había escapado. Hacia el Sur.
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