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Michel
de Nostradamus nació el 14 de diciembre de 1503 en la población
de Saint-Remy, en Provenza. Era
hijo natural de René y Jacques de Notredame.
Su infancia estuvo
marcada por el calor de sus abuelos, Jean de Saint-Remy y Pierre
de Notredame, médicos personales del rey Renato y de su hijo,
el duque de Calabria y Lorena, quienes le inculcaron el placer
por la lectura, los idiomas y el estudio.
Es notable que aprendiera
con relativa soltura el latín, griego y hebreo y sintiera una
especial predilección por las matemáticas. Más tarde su abuelo
Jean de Saint-Remy le enseñaría lo que más tarde le daría la absoluta
inmortalidad pública, es decir, el estudio de las ciencias ocultas
y la astrología. A los diecisiete años de edad se lo conocía como
"el joven astrólogo".
En Avignon estudió
el Trivium y el Quadrivium (Gramática, Retórica, Lógica) (Aritmética,
Geometría, Música y Astrología) a partir de 1519 y luego en Montpellier
inició sus estudios de Medicina, Filosofía, Botánica y Farmacología.
Radicado en Agen desposó
allí a una bella joven de buena familia que le dio dos hijos.
Pero su formación académica se vio interrumpida por la peste y
recién pudo retornar a Montpellier a partir de 1529 para doctorarse
en Medicina.
La peste pronto se
llevó a su mujer y a sus dos hijos. Esto desde luego fue un golpe
terrible para Nostradamus quien, no obstante, se esforzó y obtuvo
justa fama como médico luchando contra la epidemia y desarrollando
eficaces medicamentos para vencerla. Pero su dolor lo llevó a
deambular por el mundo durante seis años. Durante ese viaje y
estando en Ancona tuvo lugar un célebre hecho que pone de manifiesto
sus dones de vidente. Pasó ante él un grupo de hermanos franciscanos
y Nostradamus se arrodilló ante uno de ellos diciendo que debía
honrar al Papa. Todos se rieron pues el fraile elegido era Felice
Peretti, hombre de cuna muy humilde y que antes había sido porquerizo.
Pero cuando cuarenta años más tarde Peretti fue elegido Papa todos
se acordaron de ese episodio.
En otra oportunidad
el Señor de Granflorin invitó a Nostradamus a comer y quiso ponerlo
a prueba a manera de desafío. Le planteó la siguiente cuestión:
"Tengo dos cerdos para la cena, uno blanco y uno negro. ¿Cuál
de ellos comeremos hoy?" Nostradamus respondió sin vacilar: "Al
negro". Para contrariarlo Granflorin dio orden en secreto de matar
y cocinar al cerdo blanco. Tras la cena y en presencia de Nostradamus
llamó a su cocinero y le preguntó cual cerdo habían comido. La
respuesta fue "Al negro mi Señor. El blanco ya había sido preparado
pero cayó de la mesa y fue devorado por los perros".
Nostradamus rehizo
su vida en 1547 cuando se desposa por segunda vez en Salón, lugar
que sería su residencia definitiva. La elegida fue Anne Ponsard,
una joven y bella viuda que le dio tres hijos y tres hijas, quién
le facilita una vida desahogada. Nostradamus puso en marcha un
negocio de cosméticos que le mantenía ocupado durante el día,
adquirió con esto un respeto de sus conciudadanos que le tenían
por un cristiano ejemplar, que siempre acudía a misa y era un
fiel defensor de la vida religiosa, pero llegado la noche colgaba
su bata de herbolario y su "sotana" de cristiano apostólico y
se instalaba en el pequeño ático de su casa, rodeado de sus astrolabios,
varillas de virtudes, espejos mágicos y el cuenco de latón para
realizar sus oráculos.
La Santa Inquisición
llegó a considerar hereje a Nostradamus, acusándole de practicar
el ocultismo. Tras años de persecución, el profeta comienza a
escribir sus famosos almanaques y en 1555 publica una obra, "Las
Centurias", libros en el que cuenta los resultados de sus visiones
y profecías y que le reportó un gran éxito y le alentó a publicar
tres nuevas centurias que dedica a los regentes, Enrique II y
a su esposa, Catalina de Médicis, ésta última devota creyente
de sus libros.
“ Las Centurias” dividido
en cuartetas, se publicó en diez volúmenes y despertó las más
dispares reacciones. Los unos decían que eran obra de un genio,
los otros que provenían de Satanás, sus colegas médicos le tacharon
de embaucador y los poetas y filósofos de su época no supieron
como entender sus embrollados versos.
Las cortes europeas
lo consideraban "la voz de Dios" y recibe la visita de ricos y
nobles de toda Europa que solicitan sus servicios astrológicos.
Es ya de todos conocido los innumerables aciertos de sus cuartetas.
Algunas de las cuales son verdaderamente asombrosas. En ellas
nos habló de asuntos que luego fueron cumplimentándose puntualmente:
La Revolución Francesa, la llegada al poder de Napoleón, la Segunda
Guerra Mundial, Hitler, Mussolini, Franco, la muerte de Kennedy
y un larguísimo etcétera.
También nos habla
en Las Centurias del devenir de nuestra humanidad, que de ser
ciertos o de haber sido interpretados con corrección, no resultan
muy halagüeños para nosotros.
Nostradamus murió
el año 1566, a consecuencia de una hidropesía, el hombre que había
vaticinado tantos acontecimientos venideros, también lo hizo con
la hora de su muerte, el último escrito de su almanaque reza así:
"A su retorno de
la embajada, el obsequio del rey puesto en su sitio. Nada más
hará. Irá a reunirse con Dios. Parientes cercanos, amigos, hermanos
de sangre (le encontrarán) completamente muerto cerca de la
cama y del banco".
Y así es exactamente
como lo encontraron.
Michel de Nostradamus
nació en 1503, en Saint Remy, en la Provence, Francia; en una
familia de origen judío, él pertenecía a la cuarta generación,
era el bisnieto de Pierre de Nostradamus, físico de duques y reyes.
Los físicos, en aquellos tiempos, eran los médicos y la medicina,
claro está, no era nada segura como ciencia, tal vez una serie
de prácticas ancestrales y otras elaboradas y transmitidas en
familia, como una de las muchas artesanías de su tiempo.
Michel había estudiado
medicina en Avignon y en Montpellier, los mejores centros universitarios
a su alcance en el mediodía francés. La medicina y lo transmitido
por la familia, produjo en Michel un interés en las hierbas medicinales
y por ellas recorrió buena parte del territorio, tratando de conocer
un poco más sobre las plantas silvestres, sus efectos y sus posibles
aplicaciones.
Ya cumplidos los cincuenta
años, tal vez menos dispuesto a viajar y a recorrer el mundo,
el médico dejó paso al investigador de lo oscuro y Michel de Nostradamus
se volvió hacia la cara oculta de la vida, escudriñando el futuro,
tratando de recibir la misteriosa señal de Dios y de los dioses
de la antigüedad, explorando el futuro con la ayuda del hálito
divino que le comunicase cuáles eran las claves secretas que permitiesen
adelantarse al tiempo real y caminar por los siglos venideros
a sus anchas. Empezó la elaboración de sus centurias y a ellas
se dedicó en cuerpo y alma, hasta reunir un complicado amasijo
de cuartetas en las que se describía, de un modo muy especial
y nada sencillo, lo que iba a pasar. El lenguaje empleado, entre
metafísico y esotérico, era una receta antigua, tan antigua como
las palabras que en la Biblia utilizaban los profetas mayores
y los menores.
Cuando se publican
sus profecías, las "Centurias", Michel es un hombre muy entrado
en años, es 1556 y se comienzan a conocer sus siete primeras centurias,
con un éxito sorprendente, ya que su fama llega hasta el rey de
Francia, Enrique II y su esposa, la reina Catalina de Médicis,
le llaman a la corte para conocerlo y para también preguntarle
por su futuro, encarnado en los infantes, sus sucesores en el
trono. Movido por la real llamada, Nostradamus viaja a París y
oye la petición real. Se traslada a Blois, conoce a los infantes
y regresa a la corte para dar su profecía: "grandes peligros sobre
las cabezas de los tres infantes y una corona real sobre cada
cabeza". A los reyes les gusta la profecía, ya que incluye, además
de los peligros descritos de un modo tan global, la posibilidad
de tener tres reyes en lugar de uno sólo. La historia diría que
lo predicho es completamente cierto. Los tres infantes se convierten,
sucesivamente, en reyes de Francia, por la muerte del anterior
monarca y hermano, ya que, a la muerte de Enrique II, en 1559,
sube al trono Francisco II, el primogénito. Pero en noviembre
de 1560, Francisco muere de muerte natural y es sucedido por su
hermano Carlos, que recibe el ordinal de Carlos IX, con diez años
de edad, bajo la regencia de su madre Catalina de Médicis. Tras
un reinado de catorce años, Carlos murió y fue el tercer y último
infante, Enrique, ahora tercero de Francia, quien ocupa el mismo
trono con la misma corona de sus hermanos. Reinó durante quince
años, muriendo en 1589, en el sitio de París. Los tres infantes
habían tenido sobre su cabeza una corona real, como Michel de
Nostradamus predijo, pero los reyes de Francia no vivieron lo
suficiente para ver cómo se cumplía la profecía sobre sus tres
sucesores. La publicación de las centurias trajo de todo para
el autor, desde la admiración a la calumnia y desde la gloria
a la acusación -nunca llevada adelante- de brujería. Afortunadamente,
su fama de médico y su avanzada edad le mantuvieron lejos de las
iras de la Iglesia y terminó su vida con tranquilidad y con el
respeto general.
Vamos a leer entre
lineas, el mensaje profético de Nostradamus, un personaje del
Renacimiento, de esa maravillosa era nueva en la que el mundo
clásico y el moderno se funden, tras la oscuridad de la Edad Media,
para dar a luz a toda una serie de genios, tal vez la mayor concentración
de genios de la historia, que revolucionan el panorama de las
artes y las ciencias.
En sus largas noches
francesas, Nostradamus escribe cuartetas proféticas y lo hace
con un lenguaje intencionadamente oscuro, para que nadie se acerque
a su profundo sentido sin voluntad de estudiar el contenido.
Acumula un millar
de estas cuartetas, un millar de predicciones sobre lo que va
a suceder irremediablemente, pero todo está velado con la intención
decidida del que no quiere que lo que ha llegado a través del
espacio envuelto en misterio se desparrame sobre la faz de la
tierra como una aleluya de ciego.
Nostradamus da a conocer
sus profecías cuando ya ha pasado la cincuentena, cuando ya es
un médico famoso. Pero la edición de sus centurias hace que hasta
el rey de Francia quiera conocer a aquel ser prodigioso y la tranquilidad
de su aislamiento se ve trocada por la gloria de una popularidad
rápida y generalizada.
Muchas cuartetas quedarán
abiertas al futuro incierto. Si nos dedicamos a fondo, encontraremos
la posibilidad de dar con una clave, con la misma clave que él
pudo entrever en la revelación. Podemos, naturalmente, dudar de
todo y encontrar que aquello que desfila aquí no es más que otro
vano intento por poseer secretos inaccesibles. Pero, sea cual
sea nuestra decisión y nuestra conclusión, no cabe la menor duda
de que tenemos delante de nuestros sentidos una muy interesante
obra del genio humano y que Nostradamus creyó en ella, con más
fe que cualquiera de la que hayan podido tener o tengan, en el
futuro siempre renovado, sus más fervientes partidarios y defensores.
Vale la pena intentar acercarnos a ella en profundidad, dispuestos
a aprender sus enseñanzas.
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