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A 600 metros de
altura respecto al nivel del mar, en un lugar que estuvo consagrado
inicialmente a la diosa de la tierra, Gea. Reyes y campesinos,
griegos u orientales, los hombres de la Antigüedad se dirigían
al templo de Apolo en Delfos para averiguar, por intermedio de
la pitonisa de turno, lo que les depararía el destino.
Cientos de personas
en peregrinación esperaban el espectacular trance que revelaba
la palabra divina. Su influencia era tal, que se decidían guerras
según los consejos del oráculo; algunos imperios incluso se habrían
desplomado por no escucharlo.
Origen del templo
La mitología relata
que Zeus soltó dos águilas desde los extremos de la tierra y ambas
se cruzaron en Delfos señalando el centro del mundo, un lugar
que estuvo consagrado inicialmente a la diosa de la tierra, Gea.
Para apoderarse
del templo, Apolo mató al dragón Tifón que lo resguardaba. El
sitio recibió entonces el nombre de Pytho (el que pudre) debido
a que allí murió el monstruo. Luego Apolo se transformó en delfín
(de ahí, Delfos) y desvió una nave cretense cuya tripulación acabó
convirtiéndose en el primer estamento de servidores del templo.
Allí fue situada una piedra
conocida como onfalos (el ombligo del mundo) y simbolizando por
ello el centro del universo. Del término Pytho derivaría
el orígen de la palabra pitonisa o sacerdotizas consagradas
al dios Apolo.
Otra leyenda afirma que Apolo,
el hijo de Zeús, mató en el lugar a una monstruosa serpiente
llamada Pitón (de ahí el orígen de la pitonisa)
y asentó su oráculo en el lugar que ocupaba el de Gea, utilizando
a unas sacerdotisas llamadas Pitonisas, como médium para responder
a los visitantes.
Por su parte, en
La Iliada, Homero relata la fundación del templo. En tiempos remotos,
había en el lugar un oráculo dedicado a Gaia, antigua divinidad
de la tierra. Este templo
a Gaia era resguardado por el terrible dragón Tifón.
Para apoderarse
del templo, Apolo mató a Tifón en un combate épico. El sitio recibió
entonces el nombre de Pytho, que significa yo hago pudrir, debido
a que allí se pudrió el monstruo.
Luego de matar
a Tifón, Apolo se transformó en delfín (de ahí, Delfos)
y desvió una nave cretense: la tripulación retenida formaría el
primer estamento de servidores del templo y el dios les prometió
venir todos los años a aconsejar a los humanos.
El más famoso de los Santuarios
Fuera
del mito, las historia nos señala que el primer templo de Delfos
data de fines del II milenio antes de nuestra era.
Construido en la ladera sur del monte Parnaso, está enmarcado
por el acantilado de Phlemboucos, entre los cuales brota la fuente
sagrada de Castalia.
Los peregrinos
llegan al lugar ya sea por mar, desembarcando en el pequeño puerto
de Kirrha, o por tierra, franqueando el paso de Arachova. A partir
del siglo VI, la cercana ciudad de Delfos comienza a obtener ganancias
del paso de los peregrinos.
En el 548, un incendio
destruye el templo: es reconstruido, esta vez más grande y más
hermoso, gracias a la suscripción panhelénica.
Las excavaciones
arqueológicas de Delfos comenzaron en 1893 bajo la dirección de
Théophile Homolle, jefe de la Escuela Francesa de Arqueología
de Atenas. Para poder comenzar los trabajos, fue necesario realojar
en otro lugar a los pobladores de la zona.
Al comienzo, el
oráculo se presenta una vez al año. Debido al éxito cada vez mayor,
los sacerdotes adoptan un ritmo mensual y emplean dos, luego tres
pitonisas.
Pese a todo, los que vienen a consultar esperan muchas veces varios
días antes de que lleguen a su turno. Estas jornadas son consagradas
a las ofrendas, a los sacrificios y a las purificaciones. La gente
se refresca en la fuente de Castalia, sobre la cual permanece
grabada hasta nuestros días la frase: Al buen peregrino le basta
una gota, al malo, ni el océano podría lavar su mancha.
El oráculo cobra
caro; la persona que consulta debe comprar un pastel muy costoso
que ofrece sobre un altar, frente al santuario; luego, sobre otro
altar, debe sacrificar una oveja o una cabra.
La
Via Sacra ascendía con sus revueltas por el monte Parnaso hasta
alcanzar el magnífico santuario de Apolo. Había un teatro de mármol
blanco, un estadio con 7000 plazas, un gimnasio, y una serie de
pequeños templos llamados tesoros y edificados para albergar las
ofrendas con que los diferentes estados agradecían a Apolo las
predicciones obtenidas.
Entre todos ellos destaca el de los atenienses, cubierto de inscripciones
con la gloria de Atenas y agradecimientos de sus pobladores al
oráculo.
Fue construido poco después de la victoria contra los persas en
la batalla de Maratón (490 a.C.) y reconstruido pieza a pieza
a principios de nuestro siglo.
Del templo de Apolo
apenas se conservan algunas columnas. Fue reconstruido en 546
y 373 a.C. tras haber sido destruido por un incendio y un terremoto.
En su interior operaba la pitonisa, aunque no se sabe exactamente
dónde, y no se ha encontrado la famosa grieta de la que provenían
los vapores sagrados.
Detrás del santuario hay
una vertiginosa pendiente que desciende hasta el barranco de Pleistos.
El valle está cubierto por el que se constituye como el mayor
olivar del mundo y se prolonga hasta el mismo golfo de Corinto.
El edificio más
bello de Delfos se denomina Thólos y es una rotonda de columnas
del siglo IV cuya finalidad aún no ha sido aclarada.
Forma parte del santuario de Atenea, construido en el siglo VI
y que tiene también dos tesoros y un templo del siglo IV.
El estadio es el mejor conservado
de Grecia y en él se celebraban los juegos píticos.
Originalmente eran
un concurso musical que se celebraba cada ocho años pero a partir
del 582 a.C. se festejaron cada cuatro años y comprendían certámenes
poéticos y dramáticos, así como carreras y ejercicios atléticos.
Al ganarlos en
el 475 A.C., el príncipe siciliano Polyzelos ofrendó el
famoso auriga de Delfos, una estatua de bronce de tamaño natural
que se encontraba en un carro arrastrado por caballos y que fue
exhumada en 1896.
Actualmente se
conserva en el museo junto con otras piezas de gran interés y
valor, como la esfinge de Naxos, los mellizos de Argos, el tolo
de Marmaria, las esculturas de los tesoros y una copia romana
del ónfalo o piedra que señalaba en Delfos el ombligo del mundo
en la cual se puede leer:
Conozco el número
de los granos de arena, y la medida del mar; entiendo a los
idiotas y oigo a aquel que no habla.
El trance de la Pitonisa
La pitonisa, intermediaria
entre el dios y los hombres, es el personaje más importante del
santuario. Según el historiador griego Diodora de Sicilia, las
primera pitonisas fueron jóvenes vírgenes, pero la tradición cambia
el día en que un consultante, arrastrado por sus bajos instintos,
viola a una de ellas. Son entonces reemplazadas por mujeres de
unos cincuenta años, generalmente simples campesinas de la región.
No era necesario
que poseyesen un don particular, dado que tan son sólo eran el
instrumento de Apolo.
El día del oráculo, la pitonisa
se purificaba con un baño ritual y se vestía de gala. Luego se
ubicaba en lo más profundo del santuario, sobre un trípode de
oro. Alli respiraba la exhalación sagrada (pneuma enthousiastikon)
y sin duda alucinógena, que emanaba de una grieta del suelo. Entraba
en trance y se transformaba en la voz de Apolo.
Llegaron a ser
necesarias tres pitonisas, que se turnaban para responder las
preguntas. Existen dos explicaciones para explicar el funcionamiento
del oráculo. Una afirma que la pitonisa entraba en trance masticando
hojas de laurel. Otra, la más aceptada y mencionada, que se reclinaba
sobre un trípode colgado en el abismo de una grieta sagrada de
la que emanaban vapores tóxicos. Por su influencia se emitían
sonidos y palabras incoherentes que los sacerdotes o prophetes
interpretaban como respuestas de Apolo.
Peregrinos
de toda Grecia e incluso extranjeros se acercaban al oráculo caminando
desde Atenas o en barco hasta el puerto llamado Itea en la actualidad.
Llegados al magnífico
templo de Apolo ascendiendo el Monte Parnaso por la Via Sacra,
se purificaban en las aguas de la fuente de Castalia. Entonces
salpicaban una cabra con agua fría y si temblaba con todo el cuerpo
era sacrificada y el peregrino autorizado a hacer su pregunta.
Luego pagaba su tarifa y esperaba a ser atendido.
La pitonisa recibía
la pregunta escrita en una tablilla y entraba en trance para responderla.
Un sacerdote interpretaba los balbuceos y la escribía en verso
entregándosela al peregrino.
Las respuestas
solían ser más consejos que verdaderas predicciones, y eran tan
famosas por su ambigüedad como por sus aciertos, que no sólo elevaron
a Delfos a la consideración del oráculo más fiable, sino que lo
hicieron mantenerse en este lugar durante varios cientos de años.
El espartano Phalantos consultó al oráculo sobre la expedición
colonizadora de Italia que iba a comenzar, y recibió como respuesta
que tomaría Tarento tan pronto como sintiera caer la lluvia de
un cielo claro. El conquistador comprendió el oráculo cuando sintió
en su cuello las lágrimas de su mujer Aithra (que significa cielo
claro). A Nerón le advirtió que desconfiara del año 73, pero no
se refería a su propia edad sino a la de Galba, sucesor suyo,
que por entonces tenía esa edad.
Pero no todo eran
imprecisiones. El escéptico Creso, rey de Lidia, quiso asegurarse
de la fiabilidad del oráculo antes de confiar en él, y así envió
emisarios a varios oráculos para preguntarles en el mismo momento
qué estaba haciendo el rey. Sólo Delfos acertó en la respuesta:
hirviendo una tortuga y un cordero en un caldero de cobre. Creso
recompensó al oráculo con valiosos regalos y se atrevió a una
pregunta crucial: ¿qué sucedería si atacaba a los persas? La respuesta
fue que destruiría un gran imperio. Pero ese imperio fue el de
Creso.
Independizado en
el 589 a.C. se vio afectado por las rivalidades entre las grandes
ciudades y por dos guerras santas que sirvieron para saquearlo.
La politización del oráculo, que protagonizó su actividad en los
últimos siglos antes de nuestra era, le restó credibilidad y comenzó
su decadencia. En el siglo II a.C. fue conquistado por Roma, y
Nerón saqueó en torno al 60 d.C. más de 500 estatuas del oráculo.
También Sila y los emperadores cristianos contribuyeron con sus
expolios a acelerar el ocaso del lugar. Siendo oficialmente clausurado
por Teodosio hacia 385.
Oráculos misteriosos
La historia antigua
está salpicada de famosas profecóias y no se libra ninguna batalla
sin haber consultado previamente al oráculo. De este modo, le
vaticina a Creso, rey de Lidia, quien no se decide a atacar a
un temible vecino, que un poderoso imperio será destruido. Creso
intrepreta la predicción en un sentido que lo favorece y ataca.
Efectivamente, en unas semanas un poderoso imperio es destruído:
pero es el suyo. Este ejemplo, así como cientos de otros similares,
empaña la confiabilidad del oráculo: sus predicciones son tan
vagas y pueden interpretarse de tantas maneras, que no pueden
ser refutadas. Se plantea la siguiente interrogante: las profecías
son obra de las pitonisas, tosacas mujeres que profieren frases
incompresibles, o de sacerdotes letrados que las traducen y que
son conocedores de las sutilezas de la política.
En cuanto al oráculo,
las opiniones de los autores antiguos están divididas. Plutarco,
que fue sacerdote de Delfos, dejó numerosos opúsculos acerca de
los cultos y los ritos, en los que no refuta la tradición. Heráclito
y Platón también defienden al oráculo, pero Esquilo, Eurípides
y Tucídides se muestran escépticos. En cuanto a Herodoto, afirma
creer en el principio del oráculo, pero reconoce que Delfos no
está libre de corrupción. El oráculo, que es consultado por los
reyes, posee de hecho una fuerte influencia política y los poderosos
están conscientes de eso. En varias oportunidades, Esparta hace
divulgar oráculos desfavorables para sus adversarios: en el siglo
VI, Delfos aparece como el arma estratégica de una guerra sicológica
entre las ciudades.
Por el contrario,
para el latino Cicerón no hay duda: en el De divinatione, denuncia
al oráculo como un fraude. Efectivamente, en el curso de los siglos
siguientes el mundo romano y luego el cristiano destruyen la influencia
del santuario. El muy cristiano emperador Teodosio es quien lo
clausurará en el año 390. Oribase, enviado en el 362 durante el
breve reinado de Juliano el Apóstata para intentar restaurar el
templo, ha recogido el último oráculo conocido:
Dile al rey
que el templo glorioso ha caído en ruinas; Apolo ya no tiene
techo sobre su cabeza; las hojas de los laureles están silenciosas,
las fuentes murmurantes y los arroyos proféticos están muertos.
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