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La primera referencia
al Libro de Santiago la encontramos en Orígenes; dice que este
libro hace de "los hermanos del Señor" hijos de José habidos de
una primera mujer. Pero ya antes de Orígenes, Clemente de Alejandría,
su maestro, y Justino Mártir refieren incidentes relativos al
nacimiento de Jesús que también se relatan en el Protoevangelio.
El libro es, probablemente,
de mediados del siglo II; en todo caso, es cierto que existía
al finalizar el siglo. Contiene la narración más antigua del nacimiento
milagroso y de la infancia y adolescencia de la Virgen María.
En él aparecen por vez primera los nombres de los padres de María,
Joaquín y Ana. Es interesantísimo el relato de la consagración
de la Virgen y de su presentación en el templo, adonde fue llevada
por sus padres a la tierna edad de tres años (c. 6-8):
Y día a día la niña se iba robusteciendo. Al
llegar a los seis meses, su madre la dejó sobre la tierra para
ver si se tenía; y ella, después de andar siete pasos, volvió
al regazo de su madre. Esta la levantó, diciendo; "Vive el Señor,
que no andarás más por este suelo hasta que te lleve al templo
del Señor." Y le hizo un oratorio en su habitación y no consintió
que ninguna cosa común e impura pasara por sus manos. Llamó,
además, a unas doncellas hebreas, vírgenes todas; y éstas la
entretenían.
Al cumplir la niña un año, dio Joaquín un gran
banquete, invitando a los sacerdotes, a los escribas, al sanedrín
y a todo el pueblo de Israel. Y presentó la niña a los sacerdotes,
quienes la bendijeron con estas palabras: "¡Oh Dios de nuestros
padres!, bendice a esta niña y dale un nombre glorioso y eterno
por todas las generaciones." A lo cual respondió todo el pueblo:
"Así sea, así sea. Amén." La presentó también Joaquín a los
príncipes de los sacerdotes, y éstos la bendijeron así: "¡Oh
Dios altísimo!, pon tus ojos en esta niña y otórgale una bendición
cumplida, de esas que excluyen las ulteriores."
Su madre la llevó al oratorio de su habitación
y le dio el pecho. Entonces compuso un himno al Señor Dios,
diciendo: "Entonaré un cántico al Señor mi Dios, porque me ha
visitado, ha apartado de mí el oprobio de mis enemigos y me
ha dado un fruto santo, que es único y múltiple a sus ojos.
¿Quién dará a los hijos de Rubén la noticia de que Ana está
amamantando? Oíd, oíd todas las doce tribus de Israel: Ana está
amamantando."
Y habiendo dejado a la niña, para que reposara,
en la cámara donde tenía su oratorio, salió y se puso a servir
a los comensales. Estos, una vez terminado el convite, se fueron
regocijados y alabando al Dios de Israel.
Mientras tanto, iban sucediéndose los meses
para la niña. Y, al llegar a los dos años, dijo Joaquín a Ana:
"Llevémosla al templo del Señor para cumplir la promesa que
hicimos, no sea que el Señor nos la reclame y nuestra ofrenda
resulte ya inaceptable ante sus ojos." Ana respondió: "Esperemos
todavía hasta que cumpla los tres años, no sea que la niña vaya
a tener añoranza de nosotros." Y Joaquín respondió: "Esperemos."
Al llenar a los tres años, dijo Joaquín: "Llamad a las doncellas
hebreas que están sin mancilla y que tomen sendas velas encendidas
para que la acompañen, no sea que la niña se vuelva atrás y
su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del templo de
Dios." Y así lo hicieron, mientras iban subiendo al templo de
Dios. Y la recibió el sacerdote, quien, después de haberla besado,
la bendijo y exclamó: "El Señor ha engrandecido tu nombre por
todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará
en ti su redención a los hijos de Israel." Entonces la hizo
sentar sobre la tercera grada del altar. El Señor derramó gracia
sobre la niña, quien danzó con sus piececitos, haciéndose querer
por toda la casa de Israel.
Bajaron sus padres, llenos de admiración, alabando
al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás. Y María
permaneció en el templo como una palomica, recibiendo alimento
de manos de un ángel.
Pero, al llegar a los doce años, los sacerdotes
se reunieron para deliberar, diciendo: "He aquí que María ha
cumplido sus doce años en el templo del Señor, ¿qué habremos
de hacer con ella para que no llegue a mancillar el santuario?
Y dijeron al sumo sacerdote: "Tú, que tienes el altar a tu cargo,
entra y ora por ella; y lo que te dé a entender el Señor, eso
será lo que hagamos" (BAC 148,155-160).
El evangelio sigue
relatando el casamiento de María con José, que por entonces era
ya viejo y tenía hijos. También se explican detalladamente el
nacimiento de Jesús en una cueva y los milagros que le acompañaron,
de una extravagancia sin igual.
El fin principal de
toda la obra es probar la virginidad perpetua e inviolada de María
antes del parto, en el parto y después del parto. Por eso bebe
"del agua de la prueba del Señor," a fin de apartar de sí toda
sospecha (c. 16). Su virginitas in partu es atestiguada por una
comadrona que estuvo presente en el alumbramiento (c. 20). Parece
que Clemente de Alejandría conoció este evangelio o su fuente
legendaria, pues dice en los Stromata (7,93,7): "Después que ella
hubo dado a luz, algunos dicen que la atendió una comadrona y
se descubrió que era virgen."
El evangelio termina
con el relato del martirio de Zacarías, padre de San Juan Bautista,
y de la muerte de Herodes. Al final de todo hay una declaración
referente al autor del evangelio: "Y yo, Santiago, que he escrito
esta historia en Jerusalén cuando estallaron alborotos con ocasión
de la muerte de Herodes, me retiré al desierto hasta que se apaciguó
el motín, glorificando al Señor, mi Dios, que me concedió la gracia
y la sabiduría necesarias para componer esta narración."
Evidentemente el autor
trata de dar la impresión de que él es el mismísimo Santiago el
Menor, obispo de Jerusalén. Quién fuera en realidad, no es posible
averiguarlo. Su ignorancia de la geografía de Palestina es sorprendente;
por otra parte, se nota en sus narraciones una gran influencia
del Antiguo Testamento. Esto viene a indicar que se trata de un
cristiano de origen judío que vivía fuera de Palestina, tal vez
en Egipto.
En su forma actual,
este evangelio no puede ser obra de un solo autor. Los incidentes
de la muerte de Zacarías y de la fuga de Juan Bautista se ve que
fueron añadidos posteriormente. El hilo de la narración aparece
truncado varias veces.
Así, en el capítulo
18, José aparece bruscamente y empieza a hablar sin haber sido
introducido.
La forma actual del
texto griego data del siglo IV, pues lo utilizó Epifanio a fines
del mismo siglo. El Protoevangelio alcanzó una gran difusión,
como lo demuestra el hecho de que se conserven unos treinta manuscritos
del texto griego. Poseemos, además, antiguas traducciones en siríaco,
armenio, copto y eslavo. Con todo, no ha aparecido todavía ningún
manuscrito latino de este evangelio.
El Decretum Gelasianum
de libris recipiendis et non recipiendis, del siglo VI, condena
el escrito como herético. No obstante, no cabe exagerar al hablar
de la influencia que este evangelio de la Natividad ha ejercido
en el campo de la liturgia, de la literatura y del arte. El culto
de Santa Ana y la fiesta eclesiástica de la Presentación de la
Virgen en el templo deben su origen a las tradiciones de este
libro. Muchas de las encantadoras leyendas de Nuestra Señora se
basan en historias del Protoevangelio. Los artistas no se han
cansado de inspirarse en él.
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